Autostop al sur

El punto elegido para el aventón inicial no fue del todo bien elegido, se vio reflejado en que tuve que pagar una combi para llegar a Santa María del Oro. Yo quería caminar al mirador de la laguna, armado de un libro y sandalias, pero a los 20 metros andados se paró una camioneta ofeeciendo llevarme. Ya en el mirador, después de la foto de evidencia, otro raite salió sin planearlo. En 7 kms de bajada y a bordo de un vocho, conocí a Rosa y otro señor cuyo nombre no recuerdo. No planeaba llegar a la laguna, pero ya estando ahí, con el sol tan fuerte y el agua tan azul, después de la foto, nadando terminé, y a los 15 minutos, aun mojado, una jeep de regreso al poblado me llevó. Otra camioneta del poblado me sacó y al seminario diocesano llegue a parar por un vaso con agua. Fuera del seminario, distinguí a lo lejos lo que de cerca comprobé era el vocho de Rosa y el señor cuyo nombre sigo sin recordar.
A Ixtlan llegué a bordo de un trailer conducido por un muy amable señor quien me presumía llevar 2 días manejando y “sin meterse nada”. Quería llevar registro de donde viajaba, y como a mis 21 años aun no me encuentro mi perfil bueno, tuve que tomar unas 10 fotos en el trailer para poder elegir una.
Me regresé a Ahuacatlan donde las calles me son familiares. Comí ese día en casa de don Toño y Benita, pasé también ahí la noche.
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A causa de la alarma me levante a las 5 de la mañana, a causa del frio tempranero y la cama que seguía a mi temperatura fue que volví a la cama a las 5:15. El agua caliente me terminó de despertar a las 9. Un pay de piña acompaño mi camino a San Pedro Lagunillas. El chófer repitió tanto como el trayecto duró, la misma canción de Leonardo Favio y su servidor cantó, a la par que las bocinas, las estrofas que decían: nos iremos charlando por las calles vacias, nos iremos besando por las calles vacias y sabran que te quiero esas calles vacias.
De San Pedro me fui con rumbo a Compostela. Después de sin intención mandar a perder a unos turistas, crucé todo Compostela(que tampoco es muy grande) y gané, tambien sin esa intención, el raite a una pareja que llevaba alzando el dedo desde antes que yo llegara.
Después de recorrer el bulevar de Las Varas las sandalias empezaban a ser incomodas. Al final del bulevar, con tenis puestos, emprendí el viaje a La Peñita entre bolsas del super, cajones de fruta y miembros de la familia Guzmán.
A escasos 20 metros de la playa(o menos) esta la casa de Tom Charles. Mi cuarto era la sala, mi cama una amaca y el despertador las olas rompiendo. Salimos a cenar y charlamos a gritos de puro spanglish, como obligaba el karaoke puesto al malecón.
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Me despedí de Tom y La Peñita llevándome conmigo recuerdos y fotos de un lugar fantástico, un sombrero nuevo y la ignorancia del saber que estaría de regreso unos días después. Caminando a lado de la carretera con el pulgar alzado al aire fue que llegué al Rincón de Guayabitos, donde empezaban los anuncios en ingles y típicas vistas turísticas.
El vocho manejado por Juan Pablo me llevó a San Francisco, donde encontré un restaurante vegetariano y unas 5 personas me repitieron que se dice San Pancho, que pa’ que no se confunda con el de estados unidos(¡ajá!). Un autobús y 1 kilómetro caminado después, encontré un letrero que refería a Sayulita como un Paraíso y, para mi buena sorpresa, ese adjetivo le va muy bien. Después de algunos minutos de tomado el camino con rumbo a bucerias iban apareciendo mas carriles, playas, turistas y mi muy esperado hotel. A cada playa que llegaba me bañaba, me secaba al sol y acumulaba arena en la piel y ropa, por lo que, el baño de ese día duró toda mi playlist de viaje. Conocí a Patricia y Joann, quienes tienen el pelo teñido de rosa, se me hizo genial y comenté que quería el mio azul, se emocionaron y verificaron si tenían tinte azul, si tenían.
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Mi pelo sigue castaño, el frasco de protector solar vacío y la mochila cargada. A Juan Pablo y su bocho los encontré de nuevo, y de nuevo me dieron un aventón. Un camión me llevó a Puerto Vallarta, otro me llevo hasta la Cruz de Huanacaxtle, otro a punta de mita, otro de regreso, y uno más de vuelta a Sayulita, donde no hice mucho por seguir adelante. Mi segunda vez ahí fue incluso mas fascinante, un atardecer de película y poesía de Benedetti. A la hora de dormir, los brazos me reclamaban la ausencia de protector durante el día, estas marcas durarán varios días.

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De Sayulita me fui antes que el sol golpeara mi cara, no por haber madrugado, sino que estuvo nublado hasta el medio día. Cuando el sol golpeó mi rostro estaba ya en Lo de Marcos, donde me sorprendió una playa sola, hermosa y ni un solo turista o viajero a la vista, excepto yo, claro. Llegado a La Peñita me encontré de nuevo con Tom y la playa tan linda y llena de pelícanos.
El bulevar de Las Varas volví a recorrer, luego de regreso, una vez más de ida y una ultima de regreso. Opté por tomar un autobús rumbo a Compostela y buscar que hacer ahí un día o dos; el clima artificiosamente fresco del autobús y la película aburrida como pocas provocaron que alguien tuviera que despertarme para decirme que he llegado, sin planearlo así, a Tepic. Me quedé dormido.

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