Despacito.

Su figura aparece frente a mi. Estuve esperando por ella al menos una veintena de minutos. No voy llegando, como le hice saber. Busco palabras que decir. Mi mano se va a la suya y reacciono en que no va más allá de un saludo. Luego se pone mejor, un abrazo, uno prolongado, cálido, de intenciones escondidas, buenas, pero escondidas; seguido del abrazo van unas miradas mutuas donde intento expresar tanto cuanto pueda. Sigo buscando palabras. Siento que mi mirada no dijo mucho, aprieto sus dedos a los míos por el tiempo que conmigo estén. Las palabras rehusan a ser encontradas, nos quedamos en silencio. Un silencio bueno. Dos segundos y la mitad de otro apenas han pasado.
Se da la vuelta y anda, la sigo sin pensarlo.
Soy tan dócil, tan expuesto, tan fácil de descifrar. Si ella lo supiera.
La miro por detrás y alcanzo su ritmo acelerado, caminamos sin verdadera dirección pero vamos delante de mis ansias de abrazarla. Las ansias no apresuraron el paso. 7 segundos van y hago consciente mi parálisis hacia sus luceros verdes y grandes, parpadeo y desvío la mirada cuando ella ve a los míos, cafés y pequeños. Mientras volteando estoy hacia otra dirección, he olvidado ya sus facciones y en plan de emergencia debo voltear, de reojo me entero que ahora es ella quien no me aparta la vista. Buena señal. Sin reparo ni aviso volteo, mas contrario a mi conjetura, ella no alejó la vista, sino que se conectó a la mía. Esta mirada dijo más, bueno, su sonrisa me lo dijo El espacio entreabierto de sus dientes frontales y los hoyuelos en sus mejillas son evidencia de sinceridad, quizás de suposiciones, quizás a propósito comunicativa. Quizás no. Siento un impulso de actuar.
En algún momento alguno de los dos debía volver la mirada a otro lado; fui yo. Buena y mala señal. Buena porque ella tiene, seguramente, sus propias intenciones. Mala porque desistí tal cualquier cobarde a su mirar. Naturalmente alejó también su mirada y el espacio de sus dientes y los hoyuelos de sus mejillas ruborizadas, rasgos de muchacha que no van con su profunda mirada, pasaron a ocultarse y a recordarme que debí actuar.
Ya se que decir, he estado callado desde el primer rose a su mano. Le hablaré bajito para que deba acercarse para entender. Hablo generalmente despacio y bajo así que no será problema. Al abrir mis labios para articular palabras bien pensadas, advierto un tartamudeo involuntario, nerviosismo raro en mi, hormigas que aparecieron en mis zapatos para provocarme un tropiezo que me hace ver tonto. Se rió. Buena señal. Me alcanzó su mano y me sostuvo hasta recuperar el rimo. El paso de caminado se hizo lento y los faroles han prendido. Frente a nosotros la noche cayó y con eso, su presencia está mas pegada a mi, hombro con hombro andamos y basta cerrar poco mis ojos para oler su cabello. Ella me gusta. Sus gestos, sus dedos, el modo de caminar. Su sonrisa me gusta.
Tiento sus dedos con los míos y luego, siento a ella regresar el gesto. Sin mirarla sonrío y suspiro levemente, bajo mis hombros y con el suspiro se va mi tensión. Los hoyuelos reaparecen. Ibamos por una calle estrecha y ahora que hemos doblado por una avenida amplia, llena de ruido, luces y frenético apuro, ella sigue conmigo, pegadita a mi. No recordaba que algo debía decir, mis ojos se van arriba imaginando, pensando, intentando explicarme que pasa aquí. No puedo definir esto. He decidido tomar acción.
El lento paso que llevamos se ve interrumpido por mi mano que detiene la suya, ella no se sorprende y me hace creer que ya esperaba algo. Si esperaba algo porque sus ojos se han hecho más grandes. No, No se han hecho más grandes, ella se ha acercado, o he sido yo. Olvidé lo que tenía por decir y siento su mirada interrogativa, mete presión y el tartamudeo se hace presente en el peor momento. No la he soltado de la mano y ella parece no querer soltarme. Proceso todo, a toda velocidad me hago consciente de mi, de ella, el ambiente y la música que suena de fondo, del fondo de mi, donde se ahogan ya las palabras olvidadas. Aun así, atreviéndome a parecer más tonto, hablo. Al menos lo intento. El primer ruido que expreso es detenido por su dedo indice postrado en mis labios, de seguro quiere que me calle. Si quería que me callara. Me besó apenas me callé. Me besó y se echó atrás. Ahora mis ojos se hicieron grandes, el nerviosismo desapareció y el tartamudeo me importó un carajo. Amablemente le quite el peso del bolso en sus hombros y un folleto en su mano, junto a mi mochila puse todo en el piso al no encontrar banca cercana. Mis manos subieron a su rostro, ambas manos. Al no poder estar más cerca ya, mitad y mitad del camino recorrimos hasta que nuestros labios en un beso se unieron, despacito nos besamos, hasta agotar fuerzas. No habría podido imaginar algo más perfecto. Un abrazo más cálido y más prolongado acaparó la escena de nosotros y seguido de eso, una sonrisa de complicidad, de travesura. El horizonte nos hizo perder al tiempo que caminamos a el.
Desperté y empuñé la mano, sabiendo de mi engaño en este, dulce y fantasioso sueño. Dejé de empuñar cuando recordé de mi cita con ella este día. Deséenme suerte.

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