Hace un par de años

El domingo 11 de noviembre por primera vez te vi diferente a como normalmente te había visto durante meses. Vestías ese pantalón con cordones a los costados y un poco acampanado; después de cumplir con la reunión a la que íbamos, caminamos con rumbo a tomar el camión, quizás el sol te iluminaba diferente aquel día ó estaba más despierto que de costumbre, el hecho es que me atreví a invitarte a comer, para seguir hablando de la reunión, claro. Y caminamos. Y platicamos. Y a la mesa del restaurante supe que eras diferente a todas las mujeres que había conocido, que tenías ese “no sé qué” que provocaba preguntar más de ti e intentar conocer tus gustos y tus pensamientos. Falté a una reunión que tenía mucho organizando con mis amigos ese día y a una celebración familiar, no me importó.

Todo pasaba tan rápido que cuando me di cuenta, era de noche y estábamos metidos en una casita en el parque, te abrazaba y no podía creer que tu cabeza estuviese recargada en mi hombro. Me quería quedar así por siempre.

Literalmente he estado contigo en cualquier momento del día; levantarnos tempranito para coordinar un retiro, salir al medio dia a nuestra primer cita donde solo teníamos 5 horas y estábamos contando el tiempo, caminando por lo loma casi a la media noche, en la madrugada caminando rumbo al pichón, antes del amanecer medio dormidos en la misa de la velada juvenil, y a la hora del desayuno cuando me quedé a dormir en tu casa.

Son en realidad demasiadas las cosas y anécdotas que puedo contar sobre los dos, tu y yo las conocemos bien y me basta con eso. Te voy a extrañar

Texto escrito hace tiempo, al alba de un romance que duró nueve meses, o sigue durando aunque ella no lo sepa. Que gusto haberlo encontrado hoy.

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Caos

Físicamente retraído a la posibilidad de tu figura deslumbrante, fundido en persona cuando te pienso pensándome, recordando los detalles y lugares, lunares, sensaciones y aromas. De ojos perdidos cuando resuena en mi dentro tu voz y mi nombre pronunciado, llamándome, la lógica sin fundamento del porque, respondiendo el que, deja la incógnita del como, el donde y otros exclamativos que con acentos son preguntas. Esdrújulas y graves, agudas y en tono sostenido, el porque sin acento está claro: Porque te quiero. Si le ponemos acento entonces es duda y no quiero mas de esas ahora.
Graves y preocupantes las lineas que declaran y exhortan total caos en mi, por fuera reflejando armonía azulmarina, por dentro tu nombre escrito en las paredes que albergan oscuridad y una pluma ciertamente robada, haciendo seguir esta secuencia sin sentido de quien en la oración presente, es el sujeto en primera persona.
Se que hay luna fuera de aquí, es luna llena aunque al principio lo haya dudado, el patio de tu casa debe estar viendo crecer el naranjo que plantaron cuando me fui. Tu viendo de reojo el árbol pues la luna acapara tu atención. Se que la estas viendo.

Aquí.

Callada y lejana, turbia, extraña, aguardas y disimulas. Te canto y no oyes, canto quedo, avanzo lento, te indago y escribo.
Hoy hubo luna llena y no la viste, no conmigo. La miro y te pienso, hay tanto por pensarte, tanto tiempo, tantos recuerdos, cada uno repleto de detalles, tanta vida. Tengo 22 años, tu cuatro menos, o tres, o cinco, de ahí no fallo.
Apunto al centro del país, donde mi brújula te tiene de norte y mi barco de ancla. Al centro de asequible dicho y un indice señala cobarde. Paso por los lugares que pasábamos, al tiempo paso, en parte a propósito, en parte totalmente, con toda intención, paso y me quedo, es lindo un rato, dos ratos son lindos, no más.
La melodía de tu nombre suena distante porque no estás, aunque te pronuncio e invoco; no bajo a ritual por mero orgullo.

Callada y lejana, donde no te veo, allá donde te extraño, allá donde no ves la luna conmigo, aquí.

Poema de los dones

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

Borges.

Tu y Yo.

Yo
Hello
el gusto es mio
nerviosismo ocasional
palabras que no digo
deseos compartidos
cartas que no lees
historia que inicia
vaya sorpresa.
Y tu
Bonjour
tuyo el gusto
ojos que me leen
sonrisa que acompaña
Francés que no entiendo
paciencia que se agota
dedos entrelazados
linda como sabes
canto angelical.
Namaste
plural
aroma a ti
Pasos lentos
hombros tensos
razón que te piensa
tartamudeo repentino
suspiro que no te llega
Sombra con tu forma
calma intranquila.
cejas levantadas
no quiero llegar
llegamos.
No
bueno, si.
mirada baja
sonrisa fingida
Espalda que se aleja
palabras, argumentos
brazos que te detienen
fuera tu puerta
me detienes
me matas
te sigo.
Sueño?
no sueño
no, no sueño
au revoir
ciao.
Tu y Yo.

Márquez.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia —pregonaba el gitano con áspero acento—, todo es cuestión de despertarles el ánima.”